Etapa 1Por qué invertir

Nivel economía, etapa 21: El cálculo económico

Sin precios para las fábricas, las máquinas y la tierra, nadie puede saber si producir algo crea riqueza o la destruye.

En 1920, Ludwig von Mises planteó un problema que el socialismo nunca resolvió. Si el Estado es dueño de todas las fábricas, no se compran ni se venden, así que no tienen precio. Y sin precios, no hay forma de comparar.

¿Conviene hacer las vías del tren de acero o de hormigón? ¿Esa fábrica aprovecha bien el carbón o lo derrocha? Con precios de mercado, se suman costes y se ve si lo producido vale más que lo gastado. Sin ellos, el planificador decide a ciegas, por muy listo y honrado que sea.

Con precios y sin precios

En la URSS, una oficina decidía cuánto producir de cada cosa y a qué precio. Las fábricas cumplían el plan, no lo que hacía falta.

El Gosplan, la oficina del plan soviético, fijaba cada cinco años cuánto debía producir cada fábrica, y otra oficina ponía cientos de miles de precios. Como no había precios libres que avisaran de lo que faltaba o sobraba, el plan se medía en toneladas, en metros o en unidades.

Y las fábricas cumplían exactamente eso. Un chiste soviético lo resumía: cuando el plan pedía clavos por peso, se hacían clavos enormes; cuando los pedía por número, diminutos. Mientras, faltaban cosas básicas y sobraban otras que nadie quería.

El chiste de los clavos

Un chiste soviético muy repetido; resume un problema real de los planes medidos en toneladas o unidades.

Lo que hace falta saber para organizar una economía no está en ninguna cabeza, y no se puede reunir.

En 1945, Friedrich Hayek añadió otra razón. El conocimiento que mueve una economía está repartido entre millones de personas: el agricultor sabe cómo está su tierra este año, el camionero sabe que vuelve con el camión medio vacío, la tendera sabe qué se vende en su barrio.

Mucho de ese saber ni siquiera se puede escribir: es práctico y cambia cada día. Un precio lo resume todo en un número. Nadie tiene que saberlo todo; basta con que cada uno mire los precios que le afectan.

Lo que sabe cada uno y nadie sabe entero

Un precio lo resume todo en un número.

En China, cuando se dejó a los campesinos vender lo que les sobraba, la cosecha creció un tercio en seis años.

Desde 1978, China permitió a las familias campesinas quedarse y vender lo que produjeran por encima de su cuota. Nadie cambió las semillas ni el clima: cambió quién decidía y qué ganaba con hacerlo bien.

La cosecha de grano pasó de unos 305 millones de toneladas en 1978 a unos 407 en 1984. Fue el primer paso de una apertura que ha sacado de la pobreza extrema a cientos de millones de personas.

Cosecha de grano en China

Millones de toneladas. En seis años, un tercio más.

Oficina Nacional de Estadística de China. Valores redondeados.

No hace falta un Gosplan para tener el problema: cada precio fijado por ley lo trae en pequeño.

Hoy casi nadie defiende planificar toda la economía. Pero el problema del cálculo aparece a menor escala cada vez que un precio se fija por decreto: un tope al alquiler, un precio máximo a la luz, un medicamento con precio regulado.

En cada caso, el precio deja de decir lo que falta y lo que sobra, y alguien tiene que decidir a ojo cómo repartir. Es lo que viste en #/35/6: colas, escasez o mercado negro, según el caso.

¿Podría un ordenador potente, o la inteligencia artificial, hacer de mercado? Los austriacos creen que no.

Es una idea que vuelve cada pocos años: con suficientes datos y ordenadores, se podría calcular el plan perfecto. En los años treinta, Oskar Lange ya propuso algo parecido.

La respuesta austriaca es que el problema no es de potencia. Los datos que haría falta procesar no existen antes de que la gente elija: se crean al comprar, vender, probar y equivocarse. Y cambian en cuanto alguien inventa algo nuevo. Un ordenador puede ayudar a una empresa a decidir, pero no puede sustituir las decisiones de millones de personas con su propio dinero.

Hoy casi nadie defiende la planificación central. El debate está en cuánto debe intervenir el Estado.

El argumento de Mises y Hayek se considera una de las grandes aportaciones de la escuela.

  1. Los socialistas de mercadoOskar Lange defendía que el Estado podía imitar al mercado ajustando precios por prueba y error. Ningún país lo consiguió.
  2. La mayoría de los economistasAceptan que los precios coordinan mejor que un plan, pero defienden intervenir donde el mercado falla: contaminación, monopolios o bienes públicos.
  3. Los austriacosCada intervención es un pequeño plan con el mismo problema: quien decide no tiene la información que tendría el precio.

Comprueba lo que has aprendido.

¿Cuál era el problema del cálculo económico que planteó Mises?

Según Hayek, ¿por qué un precio es tan útil?

Lo que te llevas de esta etapa.

  • Sin precios de mercado, nadie puede calcular si producir algo crea riqueza o la destruye.
  • Las economías planificadas producían lo que pedía el plan, no lo que hacía falta.
  • El conocimiento está repartido entre millones de personas; el precio lo resume.
  • Cada precio fijado por ley trae el mismo problema, en pequeño.